No acudes a mí esta noche y yo esta noche me
derrumbo. Te espero. Y te espero. Y te espero. El dicho popular del que espera
desespera se vuelve más real que nunca. Me entran ganas de arrancarme la piel
por no poder causar desgaste en la tuya. No hay nada como querer y no saber, y
yo no sé nada de ti. Y, tan lejos como estás, difícil sería saber algo.
El hecho de que cuando yo esté despierta tú
duermas también dificulta las cosas. Pero aun así los dos hacemos un esfuerzo
por querer y por querer saber. Por favor, no dejes de hacerlo. No sé si el amor
debe ser egoísta. He oído por ahí que no. Sin embargo, te pido egoístamente que
no me dejes, que no se te enganche un pie en la red y te
caigas al mar con los demás peces. No te vayas para siempre. A cambio, dejaré
de ser egoísta.
Compartiré generosos secretos entre susurros
al abrigo de la noche, como ahora ya hacemos los dos, solo que esta vez serán
susurros de verdad, de los que se escuchan al compás del delicado movimiento de
mis labios, estos que nunca has probado y que están sedientos de ti.
Cuidaré generosamente de ti. No sé si lo haré
como nadie. Quizás alguien podría cuidarte mejor. Lo que sí que tengo claro es
que yo no podría cuidar a nadie mejor que a ti. Espero que eso te baste.
Y mi aliento se materializará en generosas palabras,
apenas audibles, allá en el roce con los lóbulos de tus orejas para hacerte
saber que ya estoy cerca, más que nunca. Al fin. ‘Aquí estoy. Te voy a salvar
como tú llevas haciendo mucho tiempo’, oirás entre suspiros de placer. Y es que…
¿qué otra cosa se puede sentir contigo si no es un profundo y absoluto placer?
Lo confieso: pese a que me gusta lo que en mí
sucede siempre que me escribes, a veces pienso que quiero que dejes de ser el
estímulo orgásmico de mis pensamientos para pasar a ser mi orgasmo real. No solo quiero que
te fundas en mí; también quiero derretirme en ti. Quiero que nos consumamos juntos
de calor. Juro que entonces sabrás que estás a salvo. Yo ya sé que lo estoy
cada vez que me escribes. Te noto tan cercano siempre…
Estás justo en la parte opuesta del globo; es
extraño que te note tan cercano como te noto. Aunque no lo suficientemente cercano.
Maldita sea, siempre tengo bastante contigo pero nunca tengo bastante de ti. ¿Sabes
qué? En ocasiones me dan ganas de chillarte que te pongas cabeza arriba de una
vez porque, viendo la reacción que desencadenas en mí cabeza abajo, no quiero
ni imaginar de lo que serías capaz encontrándote cabeza arriba. Bueno, mentira:
sí quiero imaginarlo; de hecho, lo hago. Cierro los ojos y te beso. El problema
es que desde lejos sabes a almohada.
He de darte la enhorabuena, ¿sabes? Mi
cotidianidad se ha vuelto adictiva por estar tú en ella, si bien estás sin
estar. Y, presente o ausente, has logrado que no conciba rutina sin ti. Esto
es como quien mete unos misteriosos polvillos en el vaso de una chica cuando
ella está bailando y, a partir de ese momento, ella se rinde a sus pies debido
a los efectos mágicos que, tal como advertía Campanilla, este tipo de polvillos
poseen. La única diferencia es que tú no necesitas añadirlos, los llevas
espolvoreados por toda tu cabeza y tu todo cuerpo. Ni que decir tiene, pues, que
esta chica se rinde ante tu magia, que me toca sin tocarme, me provoca sin
provocarme y me alegra y me entristece al mismo tiempo.

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