1. La muerte aquí no existe. Mientras viva, no la experimentaré en primera persona; cuando muera, no poseeré la consciencia que necesito para constatarla.
2. Todo lo que no crea, destruye. Incluso lo que pensamos que es neutro, o crea o destruye, ya que, si x no se encuentra desarrollando y, significa que x está destruyendo la oportunidad de y que fuese desarrollado.
3. El que de verdad desea el bien, cree en el bien. Uno cree en lo que le conviene creer. ¿De dónde vienen las religiones si no? ¿O acaso no nos conviene creer que nuestras almas son eternas y que estamos llamados a su salvación? ¿O acaso no es esto una consolación ante el temor que la desconocida muerte provoca en nosotros? Pruebas no tenemos (ni tendremos) ninguna de lo que pueda ocurrir cuando se nos diagnostique muerte encefálica, por lo que, puestos a conjeturar, ¿por qué íbamos a conjeturar algo que no conviene?
4. Lo bueno y lo malo existe. Si lo bueno y lo malo fuera relativo, es decir, dependiera del contexto desde el cual se juzgase, se estarían priorizando unas circunstancias concretas de la persona por encima de la misma persona. En ningún modo pueden anteponerse unas circunstancias (como, por ejmemplo, pudiera ser circunstancial la condición de ser judío) a la radicalidad del ser humano como tal (la condición sustancial, universal y NO CIRCUNSTANCIAL, humana). La dignidad de toda persona es superior a sus circunstancias. Por tanto, lo bueno es lo que ayuda a la persona (la crea) junto con los demás; lo malo, lo que la destruye.
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