Cuando ella entra,
el agobio entra.
Presión en el pecho,
dolor de cabeza,
un caimán dentro;
la furia entra,
las ganas de matar y de
morir
y la necesidad de soledad.
Cuando ella entra,
me desespero.
No soy yo. Hoy muero.
Ella es la guardiana de mi celda,
la que me recuerda
con su molesta presencia
cada día en mi existencia
que no tengo libertad.
Me arrincono, me recluyo
en el único cuarto con
cerrojo.
Tres metros cuadrados
conforman mi ahora segunda
prisión física.
Y aquí me evado, huyo,
porque tres metros cuadrados
de cárcel sin ella
son menos cárcel.
Y no me repugna la suciedad.
El espejo me observa
con almendrados ojillos.
Están tristes los ojillos.
Me echo en el suelo,
me hago un ovillo.
Mi mente canta.
Mi fiera se calma.
Mi hoguera arde,
pero ya no quema.
Entonces, la policía
golpea la puerta.
Viene interrogando.
Maldita Gestapo.
La hoguera vuelve a arder,
eterna,
y consume a su paso.
Se me ordena abandonar mis
prácticas de encierro.
Que no soy taurina,
contesto.
Un alambre entonces fuerza
el pestillo del cuarto de
baño.
Una cucaracha se pasea por
la alameda de entre mis piernas.
Bendito animalillo.
Mierda.
Me he distraído.
Ha entrado ella.
La aplasto, a la cucaracha
no, a ella
-aunque sucede al revés en
la realidad-.

Escribes muy bien, muestras mucho sentimiento y lo traspasas. Un placer leer tu blog. Espero que te pases por el mio. Un beso.
ResponderEliminarGracias por tus palabras. Me he pasado por el tuyo y me ha gustado.
Eliminar¿Te cuento un secreto? Todos estamos perdidos. Y es que quizás no haya camino correcto ni, mucho menos, destino.
Ánimo.