Un tobillo sobre el otro, la cabeza entre las
rodillas, las manos en las orejas haciendo presión para acallar al mundo, que
habla y habla -debe de estar enemistado con el silencio-. Un pelo fino y suave desemboca
cerca de las comisuras de tus labios, y allí lo notas áspero. Tus puntas están tan muertas
como tus ganas de seguir con esta pantomima. Tu madre te espía. “No me espíes”,
es lo que piensas tú, pero tu lengua se mueve deliberadamente entre el paladar,
arriba, y la barca medio inundada, abajo. No le dieron cuerda, tan
solo unos cuantos motivos para moverse. Lo suficiente para que tus fauces rujan
un “déjame en paz” tormentoso. La dejas atormentada. Pero aún llevas el
aguacero dentro. Ese no se va ya de ahí. Te consta y te pesa. Como tu cuerpo.
Tus manos están en su sitio, pero fuera de
lugar. El portátil, desde la lejanía, suspira acalorado. Pide lluvia. Qué
suerte que llevas el aguacero entre tus tejidos y en el interior tus huesos;
qué suerte que tus pensamientos sean el desagüe de tu cuerpo, y tus dedos,
alcantarillas.

La diéresis otea las lejanías,
ResponderEliminarLa diéresis: puntos gemelos nacidos de la "g" y la "u" (esta última es la que pare) porque la "e" o la "i" han pedido un hermanito. Después, la "e" o la "i" se sienten desplazados y piden atención.
ResponderEliminarLa "a" en este caso también quiere hermanitos gemelos.
ResponderEliminarEl alma agua, o el agua alma.
ResponderEliminarLa teoría esa de los hermanitos solicitados por las vocales debe ser de implantación reciente, en mi época lo desconocía.
Jajaja. Es que es muy fuerte que me equivocara y pusiera diéresis antes de la a (aunque sí, así sucedió), así que me inventé la historia :P
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