Comer es como cagar, pero al revés. Cuando
comes no te quitas un peso de encima por un tiempo, te lo echas a la chepa (a la de delante) y te autoproclamas burro de carga por un tiempo. Muy diferente lo uno de lo otro.
Cuando comes notas cómo asoma la lubricada
pelotilla de alimentos (bolo alimenticio, lo llaman algunos, lo cual es ridículo porque no tiene forma de bolo) y dice hola a tu esófago. Un eco responde y ella, jubilosa, se abre paso. El orificio está
apretado. La pelotilla, hambrienta del amor que en vida nadie supo darle (la pelotilla vegetal ten por seguro que fue manipulada, no verbal, sino genéticamente, y rociada con veinte productos tóxicos; y la animal no vio más luz que la de los neones de la granja). Así que sí, está hambrienta de amor -el
orificio está hambriento a secas-. Y aún queda un oscuro y, aparentemente, largo camino. Entrará, llenará, dejará
allá adentro algo que será de provecho -si le dejas que lo sea- y, luego, saldrá.
Hoy que han entrado demasiadas pelotillas, lo decides de nuevo. No se pueden salir con la suya solo porque estén faltas de amor. Al fin y al cabo, tú también lo estás. Y entonces lo expulsas todo por donde entró. Tus manos quedan pringosas, salpicadas en tonos pastel por una pintura
heterogénea, no muy bien diluida. Te miras al espejo y ves que tus mandíbulas
van vestidas de sevillana a conjunto con tus manos. En los ojos de tu otro tú
del cristal relampaguea la locura. Es la cara de alguien fuera de control, alguien desplazado por un algo más fuerte que maneja la situación. Tus músculos se contraen en un escalofrío eléctrico.
Casi se te cae el corazón por el retrete. En la taza del váter languidece un cabello castaño. Tu cabeza se compacta. Hoy el vómito sabe especialmente ácido. Hoy tampoco
tendrás que cagar.

Tanto es así, que los romanos, por ejemplo, tenían sus bacanales, donde la comida era lo compartido, y el sexo un añadido más íntimo, tenían sus cagaderos comunitarios, que eran algo así como una sauna actual, pero con más cháchara.
ResponderEliminarLa escobilla con que se limpiaban el culo, también era común, y cada uno la iba limpiando con el agua que corría bajo sus pies, cuando pasaba limpia.
El término "que corra el vino" viene también de la misma época, cuando colocaban acueductos alrededor de la mesa por donde corría el vino y así los comensales y los bebensalessolo tenían que alargar la copa al río inagotable.
¡Gracias por compartir sabiduría!
EliminarUn saludo.