Según ella decía, yo era
tonta, falsa, una arpía,
era vil, malvada y perversa,
ruin, bellaca y retorcida…
O eso decían que decía.
Mis referencias eran de ella
que a criticar se disponía
cuando me daba la vuelta.
¡Y qué insolente y qué bandida,
qué fulana y qué rastrera,
menuda hipócrita la niña!
Pocas cosas me afligían
como su sola presencia.
“Ya está aquí, cabeza erguida,
que esta vez habrá riña, querella,
como me vea ofendida,
injuriada o algo molesta”,
me decía yo a mí misma.
Más tarde, para su sorpresa,
con un plan que esclarecía
lo que había estado haciendo ella,
demostrando cobardía
al siempre haber sido en mi ausencia
todo aquello que me hacía,
llegué, seguida de la audiencia,
a exponerle garantías
de lo que, decididamente,
si no cambiaba, ocurriría.
carcajadas, mucha risa,
tras mi bien construida arenga.
No era aquello más que una hablilla,
un bulo; y ella, otra víctima.
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