Diviso un portón allá a lo lejos. No es un portón de acero ni tampoco de madera de roble, o de ébano, como me hubiese gustado que fuera. Ese marrón oscuro característico de este último lo hace todo elegante, hace que el artilugio que lo comprenda nos deslumbre, nos embauque en una forma sutil y diferente... Pero no. Ese aroma a humedad llana, a bosque fresco, a mañana esperanzadora y a cantar de los ángeles no se encuentra por aquí. Tras una breve aunque profunda cavilación, deduzco que no existe portón alguno, así que no alcanzo a apreciar exactamente lo que a tan solo unos 50 metros se halla. Mi vista siempre ha sido, dicen los médicos, de lince. La mirada clavada al frente y todo lo que me puedo figurar es que alguien acaba de hacer desaparecer la gran puerta que llevaba a Ningunsitio. O quizás no. Quizás se ha vuelto invisible. La invisibilidad, me contó un pajarito, en concreto mi amigo el gorrión, pese a lo que la gente sentencie, existe, y tanto que sí. Es mi deber creer lo que mi amigo el gorrión me desveló, y con tal motivo me acerco. Una clase de fuerza magnética, desconocida hasta entonces, me invita a aproximarme al espacio donde antes se habría podido distinguir sin esfuerzo la enorme entrada a Ningunsitio. Mi mente cae en la trampa carente y rebosante a su vez de sentido y cada vez se encuentra más próxima. Mi cuerpo es más listo y se queda atrás, inmóvil, frío, congelado. "¿Qué haces?", me dispongo a inquirirle cuando me doy cuenta de que me falta la boca.
Mi larga y rubia melena no ondeará ya al viento. Reposa, toda yo reposa.

¿Se tratará de la bella durmiente, o es simplemente una mujer llegando al final del camino? Quién sabe...
ResponderEliminarLlamémosle x, es una incógnita.
ResponderEliminar:)