Nací en el verano de 1997, tan sólo un año después de que mis padres se hubiesen conocido. Nací unas semanas más tarde de lo que me tocaba, ayudada por el personal del hospital, con el pelo negro azabache, rebelde y especialmente largo por la parte central de mi cabeza. Conservo una memoria del día de mi alumbramiento, aunque tal vez sólo se trate del recuerdo de un sueño antiguo. Lo cierto del caso es que, si me esfuerzo, mi mente es capaz de recrear una escena en la que yo me hallo boca arriba cuando, de repente, oigo la voz cantarina de mi madre a mis espaldas, miro en su dirección y allí la encuentro encamada, rodeada de profesionales sanitarios que desvían su atención hacia mí y luego hacia ella de nuevo.
Creo que estoy obsesionada conmigo misma desde que nací. No lo estoy porque crea ser la mejor, ni siquiera porque en ocasiones me quiera convencer de serlo. Lo estoy porque, a pesar de ser consciente de lo insignificante y reemplazable que soy, me empeño en revisar mi comportamiento de manera compulsiva, juzgándolo a través de las respuestas que obtengo de los demás, pero también anticipándome a ellas. Por juzgar, hasta juzgo aquello que podría hacer y no hago. Evalúo constantemente qué habría sido mejor que hiciese, las posibles consecuencias que habría tenido cada uno de mis posibles movimientos.
He llorado por el funeral de mis padres, que aún no ha ocurrido, simplemente porque sé que tendrá lugar. También he llorado por el mío tras plantearme el suicidio. He presupuesto que existe gente en mi entorno que se sentiría responsable hasta cierto punto de un acto así por mi parte. Se preguntarían si podrían haberlo evitado saludándome amablemente la última vez que nos cruzamos o con un simple "qué tal" enviado por mensaje de texto. Se martirizarían por no haberse dado cuenta de mi sufrimiento por estar centrados en el suyo propio. No deberían de sentirse culpables pero lo harían: estamos todos igual de obsesionados con nosotros mismos.
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