tanteando en un océano de dudas,
desean ser lengua para saborear la salinidad de las aguas,
desean ser nariz para que se les adentre la esencia marina,
desean ser oídos para relajarse con el arrumaco de las olas,
desean ser ojos para achicarse ante la percepción de la inmensidad de una línea.
Mis dedos,
dudosos, acarician el aire que pesa sobre las teclas de mi portátil.
Es para lo que fueron creados,
para acariciar.
Y, aunque el aire no fuese creado
para ser acariciado,
se deja, sumiso.
Buscan mis yemas trazar un recorrido
con manchas únicas,
que serán delatadoras de la experiencia.
Ondas irregulares circunscritas en forma de vértice entre yo y lo demás,
tan solo perceptibles bajo la luz azul que usan los policías en las series de asesinatos.
Mis dedos
ya nadan en su océano.
Tanto nadan, que a nada llegan.
La expedición ha terminado.
Y ni inmensidad, ni leches.
Mis dedos son los que han escrito, no mis ojos, ni mi nariz, ni mis labios.

cccon la lllllllllengua
ResponderEliminar¡Oh, Dios mío! ¡Es cierto, pude haber escrito con la lengua!
Eliminarpues me resultó incómodo, pero muy erótico.
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