Me lo
dicen gentes con arrugas,
gentes de la calle, pero de oficina.
Sus zapatos están limpios.
Se rotulan de expertos en la vida
y, bueno, en casi todo.
Casi que también son expertos en la muerte.
Tienen fe en promesas de libro
y no saben hacer promesas para consigo
o para los suyos.
Ojo, que
se pisan el pantalón.gentes de la calle, pero de oficina.
Sus zapatos están limpios.
Se rotulan de expertos en la vida
y, bueno, en casi todo.
Casi que también son expertos en la muerte.
Tienen fe en promesas de libro
y no saben hacer promesas para consigo
o para los suyos.
Ojo, que se lo pisan.
La juventud es inexperta.
Oh, qué inexpertos,
qué ridículos,
creyendo en utopías,
dejándose llevar por sueños,
viviendo fantasías,
liberando sentimientos.
Pues no.
Los jóvenes se han adultificado.
Pocos tenemos sueños
cuando estamos despiertos.
Y, los de cuando dormimos,
caen en el olvido.
Somos seres alzheiméricos,
inmóviles, inactivos,
pusilánimes, pasivos,
degradados, corrompidos,
estresados, esquivos,
encerrados en nosotros mismos
por haber dado credibilidad
e incluso heroicidad
a esos que van de entendidos.
Voy a ver la televisión,
voy a enterarme de lo que pasa en el mundo,
pero sin hacer nada. El culo en el sillón.
Los expertos dicen que mi futuro
es más importante que el del mundo.
Cuánto me quieren.
Qué poco quieren al mundo.
Que no puedo cambiar el mundo,
dicen, esperando que sí cambie el mío.
¿A esto se le llama globalización?
Y mientras veo la televisión,
me pierdo lo que pasa en el salón
por ver lo que pasa fuera
sin estar fuera, ni en el salón.
Y el niño coge el móvil y se comunica con su amigo.
Y el niño sentado a su lado lo mira
y pide a sus padres un móvil para poder tener amigos
y no estar solo...
Nadie está cómodo en Soledad,
la Soledad es un castigo,
pero Soledad es buscada
y encontrada por el niño.
Bravo. Hemos asistido
a otra ceremonia de adultificación.
Dulce matanza la que hacen
los expertos a sus hijos.
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