A salvo, pero encarcelada en mi fuerte,
yo intento escribir lo que en mi interior pasa
en un afán de combatir a la muerte.
Pienso que estoy viva y me extraño a veces.
Y entonces, me aíslo, me quedo en casa.
Cuando niña, no te haces abuela; creces,
pero en la adolescencia, ¡pum!, todo cambia.
Te encuentras sola, tus padres te agobian,
Tu música llena el hueco que tus lágrimas
dejaron dentro de ti junto al dolor.
Y si no son canciones, son otras cosas.
Buscas algo a lo que poder atenerte
porque el mundo te quiere dejar tirada.
Tus mejillas han perdido su color.
¡Eh!, niña, o, si lo prefieres, mujer,
sí, tú que estás ahí sentada leyendo,
nunca has de dejarte nada sin hacer
porque oportunidades hay mil y una...
hasta que ya no hay, y acaba tu suerte.
Se confirma: el mundo te deja tirada.
Vives sin haberlo querido; mueres,
bien sea sin querer, bien sea queriendo.
Mi consejo es que no pierdas el tiempo,
que no pidas nada a la luz de la luna
sin haberte puesto en marcha tú primero,
que la luz propia da energía también.

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