Qué egoísta es la
gente. Sí, me permito generalizar. Porque sí, en general la gente es egoísta. Y
cuanto más mayores nos hacemos, más. Tengo pruebas de ello.
Coge, por ejemplo,
a mi abuelo, un hombre de 82 años, devoto cristiano, con sobrepeso y otras
cosas que no vienen a cuento. Es un señor tranquilo, de vida sin grandes
sobresaltos, que sigue sus costumbres religiosamente; tanto, que hasta aquello
de lo que habla se vuelve rutinario: que si el tiempo, que si “el pobre de tu
papá, que se ha quedado en el paro a sus 54 años”, que si Dios, que si la
comida, que si la memoria, que si la edad... No se me podría ocurrir una
conversación más aburrida que la que puedas llegar a entablar con él. Y esto,
en parte, es debido a la vida tan monótona que lleva. ¿Y qué hay de malo en
eso?, dirás. Pues bueno, de malo, nada. Es de su individualismo de lo que
quería quejarme. Pese a que, dada mi situación, quizás esté bastante feo
hacerlo. En cualquier caso, lo voy a hacer; en primer lugar, porque es mi más
estudiado ejemplo; y en segundo lugar, porque también me apetece explotar mi
lado egoísta. Al final constituirá el más sólido fundamento de que lo que digo
es tan cierto como que yo misma lo corroboro en el mismo texto en el que lo
denuncio. Así de simple.
Me estoy hospedando
en casa de mi abuelo. De no ser por él, ahora mismo seguramente no tendría un
techo decente bajo el que dormir, y aun así creo que tengo razón en molestarme
por un par de cosas que he notado desde que me alojo aquí. Que sí, que ya sé
que no estoy en pleno derecho moral, pero el asunto es más complicado de lo que
en un principio pareciera. Y, bueno, todos somos egoístas, por lo que estoy en pleno
derecho de serlo. Como dirían algunos, mi naturaleza me obliga. Benditas esas y
otras excusas.
Resulta que no es
que a mí me guste acoplarme en las casas de la gente. Ya te lo anticipo: no me
gusta. Tampoco soy una de esas ni-nis que
se aprovechan de su ya achacoso pariente para no dar un palo al agua. Mucho me
temo que no es mi caso y que, por no ser, ni siquiera soy mayor de edad. Lo
que ocurre es que mis padres están los dos enfermos y no tengo a nadie más, excepto
mi abuelo, claro. Pero no me malinterpretes, la enfermedad de mis padres no es
terminal, tan solo les jode la vida a aquellos que la padecen y a todo aquel
que se les acerque lo suficiente. Una hija, como comprenderás, es de esas
personas lo suficientemente cercanas como para verse por ello jodida
(anotación: cuando digo jodida, digo jodida del todo).
Curiosa sería la
respuesta que ahora mismo me darías si te preguntara qué enfermedad crees que afecta
a mis padres; pero ¿mental? ¿A que eso no se te había pasado por la cabeza? Me
sonrío solo de pensar en las situaciones dramáticas que deben haber cruzado tu
mente mientras leías unos renglones más arriba. Afortunadamente, te equivocabas.
E incluso puede que cuando lo sepas, no te parezca para tanto, y es probable
que condenes mi sonrisa y que me califiques, indiscriminadamente, de exagerada;
tú seguramente no lo hayas sufrido en carnes propias. En cambio, te aseguro que
el hecho de que tus padres tengan los dos el Síndrome de Diógenes te cambia la
vida. Me atrevería a pronosticar que te la cambia para siempre. Aunque espero
que no.
Y bueno, como iba
contando, una cosa llevó a la otra y yo llegué a mi límite después de toda una
vida de aguante. Hice las maletas y me largué. Siendo menor. Ole, mis narices. Conseguí
establecer una especie de convenio y todo en el que todo el mundo firmaba y
daba su consentimiento. Por lo que respecta al marco legal, estoy limpia. ¿Que
cómo lo logré? Por lo visto, otra cosa no, pero mis estudios, preocupan. Amenazar
con dejárselos, por tanto, preocupa. Y la preocupación mueve a las personas. No
sé cómo no se me ocurrió antes. Y hay quien me dice “pero si llevas toda la
vida igual, ¿que más te da esperar unos añitos más hasta que te saques la
carrera y te pongas a trabajar para independizarte?”. Y entonces es cuando a mí
me dan ganas de apuñalar, metafóricamente hablando (espías de los mandamases
del mundo, desactiven ustedes todas las alarmas). No tienen ni idea de lo que
hablan, los que insinúan que un día a día así es prolongable. Ignoran lo que es
vivir entre LA MIERDA. Corrijo: ignoran lo que es vivir entre LA MIERDA
ACUMULADA A LO LARGO DE TODA UNA VIDA, y no la mía, que tengo 17 años, sino la
de mis progenitores, de 54 y 55 (hay que tener en cuenta que guardan también
apuntes y, para qué ser finos, mierda y más mierda de cuando ellos eran
estudiantes). En ocasiones me pregunto, ¿sabrán que existen los contenedores? Luego,
les anuncio que voy a tirar yo trastos míos y, ¡caray!, me doy cuenta de que…
¡por supuesto que lo saben! Fíjate si lo saben, que tiemblan ante su mención, no
vaya a ser que la niña les tire algo que “pueda ser de utilidad en el futuro”.
Enfermos, lo que yo decía.
Así es que aquí
estoy viviendo con mi abuelo, quejándome por ello, como si mi entorno no
hubiese mejorado. Qué desagradecida... Ya me lo viene reprochando siempre mi
padre. Estoy en unas circunstancias mil veces mejores desde que me mudé. Mi
salud también ha mejorado, la psíquica. ¿Qué es, pues, lo que me pasa?
Yo supongo que lo
que sucede es que me había hecho a una idea que no era. Cuánto daño hace Disney
con sus películas y su “vivieron felices y comieron perdices”. De verdad, hay
que acabar con esa frase estúpida para que no siga echando raíces en nuestra
cultura y que deje de una vez de infiltrarse en nuestro subconsciente como lo
hace, de manera casi crónica. De lo contrario, en un descuido, cualquier día
podría causar daños irreparables. A veces, no está de más una dosis de
realidad. Créeme, nuestros niños cuando crezcan lo agradecerán.
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