18/11/14

Egoísmos.


Qué egoísta es la gente. Sí, me permito generalizar. Porque sí, en general la gente es egoísta. Y cuanto más mayores nos hacemos, más. Tengo pruebas de ello.
Coge, por ejemplo, a mi abuelo, un hombre de 82 años, devoto cristiano, con sobrepeso y otras cosas que no vienen a cuento. Es un señor tranquilo, de vida sin grandes sobresaltos, que sigue sus costumbres religiosamente; tanto, que hasta aquello de lo que habla se vuelve rutinario: que si el tiempo, que si “el pobre de tu papá, que se ha quedado en el paro a sus 54 años”, que si Dios, que si la comida, que si la memoria, que si la edad... No se me podría ocurrir una conversación más aburrida que la que puedas llegar a entablar con él. Y esto, en parte, es debido a la vida tan monótona que lleva. ¿Y qué hay de malo en eso?, dirás. Pues bueno, de malo, nada. Es de su individualismo de lo que quería quejarme. Pese a que, dada mi situación, quizás esté bastante feo hacerlo. En cualquier caso, lo voy a hacer; en primer lugar, porque es mi más estudiado ejemplo; y en segundo lugar, porque también me apetece explotar mi lado egoísta. Al final constituirá el más sólido fundamento de que lo que digo es tan cierto como que yo misma lo corroboro en el mismo texto en el que lo denuncio. Así de simple.
Me estoy hospedando en casa de mi abuelo. De no ser por él, ahora mismo seguramente no tendría un techo decente bajo el que dormir, y aun así creo que tengo razón en molestarme por un par de cosas que he notado desde que me alojo aquí. Que sí, que ya sé que no estoy en pleno derecho moral, pero el asunto es más complicado de lo que en un principio pareciera. Y, bueno, todos somos egoístas, por lo que estoy en pleno derecho de serlo. Como dirían algunos, mi naturaleza me obliga. Benditas esas y otras excusas.
Resulta que no es que a mí me guste acoplarme en las casas de la gente. Ya te lo anticipo: no me gusta. Tampoco soy una de esas ni-nis que se aprovechan de su ya achacoso pariente para no dar un palo al agua. Mucho me temo que no es mi caso y que, por no ser, ni siquiera soy mayor de edad. Lo que ocurre es que mis padres están los dos enfermos y no tengo a nadie más, excepto mi abuelo, claro. Pero no me malinterpretes, la enfermedad de mis padres no es terminal, tan solo les jode la vida a aquellos que la padecen y a todo aquel que se les acerque lo suficiente. Una hija, como comprenderás, es de esas personas lo suficientemente cercanas como para verse por ello jodida (anotación: cuando digo jodida, digo jodida del todo).
Curiosa sería la respuesta que ahora mismo me darías si te preguntara qué enfermedad crees que afecta a mis padres; pero ¿mental? ¿A que eso no se te había pasado por la cabeza? Me sonrío solo de pensar en las situaciones dramáticas que deben haber cruzado tu mente mientras leías unos renglones más arriba. Afortunadamente, te equivocabas. E incluso puede que cuando lo sepas, no te parezca para tanto, y es probable que condenes mi sonrisa y que me califiques, indiscriminadamente, de exagerada; tú seguramente no lo hayas sufrido en carnes propias. En cambio, te aseguro que el hecho de que tus padres tengan los dos el Síndrome de Diógenes te cambia la vida. Me atrevería a pronosticar que te la cambia para siempre. Aunque espero que no.
Y bueno, como iba contando, una cosa llevó a la otra y yo llegué a mi límite después de toda una vida de aguante. Hice las maletas y me largué. Siendo menor. Ole, mis narices. Conseguí establecer una especie de convenio y todo en el que todo el mundo firmaba y daba su consentimiento. Por lo que respecta al marco legal, estoy limpia. ¿Que cómo lo logré? Por lo visto, otra cosa no, pero mis estudios, preocupan. Amenazar con dejárselos, por tanto, preocupa. Y la preocupación mueve a las personas. No sé cómo no se me ocurrió antes. Y hay quien me dice “pero si llevas toda la vida igual, ¿que más te da esperar unos añitos más hasta que te saques la carrera y te pongas a trabajar para independizarte?”. Y entonces es cuando a mí me dan ganas de apuñalar, metafóricamente hablando (espías de los mandamases del mundo, desactiven ustedes todas las alarmas). No tienen ni idea de lo que hablan, los que insinúan que un día a día así es prolongable. Ignoran lo que es vivir entre LA MIERDA. Corrijo: ignoran lo que es vivir entre LA MIERDA ACUMULADA A LO LARGO DE TODA UNA VIDA, y no la mía, que tengo 17 años, sino la de mis progenitores, de 54 y 55 (hay que tener en cuenta que guardan también apuntes y, para qué ser finos, mierda y más mierda de cuando ellos eran estudiantes). En ocasiones me pregunto, ¿sabrán que existen los contenedores? Luego, les anuncio que voy a tirar yo trastos míos y, ¡caray!, me doy cuenta de que… ¡por supuesto que lo saben! Fíjate si lo saben, que tiemblan ante su mención, no vaya a ser que la niña les tire algo que “pueda ser de utilidad en el futuro”. Enfermos, lo que yo decía.
Así es que aquí estoy viviendo con mi abuelo, quejándome por ello, como si mi entorno no hubiese mejorado. Qué desagradecida... Ya me lo viene reprochando siempre mi padre. Estoy en unas circunstancias mil veces mejores desde que me mudé. Mi salud también ha mejorado, la psíquica. ¿Qué es, pues, lo que me pasa?
Yo supongo que lo que sucede es que me había hecho a una idea que no era. Cuánto daño hace Disney con sus películas y su “vivieron felices y comieron perdices”. De verdad, hay que acabar con esa frase estúpida para que no siga echando raíces en nuestra cultura y que deje de una vez de infiltrarse en nuestro subconsciente como lo hace, de manera casi crónica. De lo contrario, en un descuido, cualquier día podría causar daños irreparables. A veces, no está de más una dosis de realidad. Créeme, nuestros niños cuando crezcan lo agradecerán.
Lo que conmigo no ha funcionado ha sido que, precisamente, a mí de pequeña siempre me encantaron esos tipos de narraciones ficticias cuyas protagonistas eran princesas. Maldigo el día en que conocí a la bella durmiente a través de la pantalla. Su efecto en mí fue que, por ser su tocaya, me creí ella y, ahora, viendo que nada tiene que ver la mía con la vida ideal de palacio, me siento una desgraciada. Ahora veo defectos en todo. Pobre del egoísta de mi abuelo, que no quiere tenerme en su piso, que antepone su propio bienestar al de su nieta cuando intenta por todos los medios que regrese al nido. Y me digo esto en lugar de decirme que, aun no queriéndolo, lo está aceptando, que cumple, al igual que con su rutina, con su palabra, y que se está haciendo cargo de lo cara que puede llegar a salir una aspirante a princesa. Será que me puede la rabia al darme cuenta de que, allá donde voy, nadie me quiere por demasiado tiempo. Tal vez sea que yo tampoco pongo mucho de mi parte. Pero se me están yendo las ganas de poner de mi parte. Me estaré haciendo mayor.

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Ya que entro, comento.

It's never quite right, he said, the way people look,
the way the music sounds, the way the words are
written.
It's never quite right, he said, all the things we are
taught, all the loves we chase, all the deaths we
die, all the lives we live,
they are never quite right,
they are hardly close to right,
these lives we live
one after the other,
piled there as history,
the waste of the species,
the crushing of the light and the way,
it's not quite right,
it's hardly right at all
he said.

don't I know it? I
answered.

I walked away from the mirror.
it was morning, it was afternoon, it was
night

nothing changed
it was locked in place.
something flashed, something broke, something
remained.

I walked down the stairway and
into it.

-Charles Bukowski.