Necesitamos
estímulos para vivir. Por algo cuando no tenemos suficientes, nos los buscamos.
Un ejemplo lo tenemos en las personas con obesidad. Quienes no cuentan con
ninguna actividad que ocupe el tiempo que alguna fuerza suprema, si la hubiera,
seguro asignó a la recepción de estímulos, suelen emplear ese tiempo sobrante
en una tarea tan sencilla y compleja a la vez como es comer.
Comer es tarea
sencilla porque cualquier ser vivo sabe, y lo hace; es también tarea compleja
porque pone en funcionamiento diversos aparatos y activa el organismo entero.
Así pues, no se puede negar que estimula. Y es que no solo lo hace a nivel visual,
olfativo y gustativo, sino que lo hace en el campo interno además,
recordándonos que estamos vivos aun cuando nuestro sedentarismo amenaza con
convertirnos en vegetales.
Sin embargo, esto
es tremendamente dañino. Tanto para la salud física como para la psíquica. “Me
aburro” y “voy a comer” deberían de ser dos oraciones completamente ajenas la
una a la otra. Una cosa es aburrirse y otra muy distinta es tener hambre, no
confundamos. La segunda no conlleva la primera, ni la primera implica la
segunda. Hay mil formas de pasar el tiempo. Hay mil maneras de recordarnos que
estamos vivos. Llevarse comida a la boca debería de ser un medio para la vida,
no un fin. Y si te aburres, pues léeme ;-)

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